viernes, 24 de agosto de 2012

Ciudátungá

A las siete de la tarde baja el sol sobre la ciudad, y el almacén de Tito se prende fuego. La gente corre para todos lados buscando la imposible sombra. Los achicharrados que quedan son barridos al otro día por el viento de la madrugada. Antes de que sea de día, los sobrevivientes subterráneos salen a advertir con gritos a los tercos ciudadanos de la ciudad, que no desean guardarse del calor por desear un buen bronceado. Inútiles en su esfuerzo, saquean los restos del almacén y almuerzan tranquilos debajo de la ferretería. Entonces se acerca el mediodía. El asunto se vuelve extraño, porque aparecen los animales buscando agua. Y como no van a compartir un carajo con los bichos, los sobrevivientes los revientan a tiros y tienen carne para un mes. 

Siempre mandan a uno a comprar helado. Sólo consigue de vainilla y los frustrados del chocolate, lo insultan a más no poder. En este asunto, la violencia se deja de lado, porque tienen que vivir en comunidad y dejarse de idioteces e ir a conseguir agua potable, que hay en el devastado supermercado chino. Los asiáticos poseen escopetas y ni hablar de las metralletas. Ellos, de alguna manera, saben hablar con fluidez el castellano y son expertos en malas palabras. Pedir por favor las cosas nunca sirve de nada: hay que pagarles sí o sí. Algunos pocos tienen dinero. Entonces deben entregar a una mujer, o en el caso más oportuno, a un recién nacido. Hace años que se realiza este truque entre los chinos y los sobrevivientes subterráneos. Se puede ver en el grupo de los del supermercado a varios caucásicos de pelos rubios, rojos y castaños. Estas personas, que fueron bebés recién nacidos entregados a los chinos, sufrieron una mutación inexplicable, y los párpados de sus ojos se volvieron apaisados y un poco cerrados, bien al estilo oriental. Pero esta vez, los subterráneos no piensan pagar, ni acudir a un trueque… ahora tienen las bombas, y los amarretes van a volar a la mierda. Les dan un poco de guita, les dan varios bidones, y cuando salen a despedirse con besos en la mejilla debajo del cartel de la entrada al supermercado, los asiáticos explotan, uno por uno, en una especia de efecto dominó morboso que salpica ADN oriental hacia todas partes. No se arrepienten de haber sacrificado a las anteriores crías suyas. En completo silencio se llevan el agua, guardando respeto a los muertos, porque ellos no joden con la muerte, salvo los domingos de Ruleta Rusa para todos. 

Se acerca la tarde nuevamente y Tito, el almacenero, comienza a tener miedo.
 

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