domingo, 13 de diciembre de 2015

Trenditopi

Mamerto Alfaguara, comediante por insistencia, se enteró hace poco que la joda venía por subir cosas a Youtube. Ahora el público está ahí, migró a esa plataforma, le cabe más, sabés, en todos lados le cabe más. Ya no más castings, no más insistencia, no más contactos. Autogestión. Mamerto se convencía de que el truco estaba en la autogestión. Pobre tonto. Atento a este descubrimiento, sediento de carcajadas, de laiks y visualizaciones, un sábado de mucho calor, sacó a su sobrino de living con aire acondicionado de la casa de su hermana (donde se hospedaba desde que lo habían rajado de la fábrica de sodas), y, quitándole el joystick de la mano, le dio su celular, y se lo llevó a Quilmes, sí señor, al Sur, aunque él viviera en Burzaco, le insistía al pibe con que lo iba a llevar al sur. Al verdadero sur.

Le cabió porque los trenes con destino a La Plata no funcionaban. Estaban haciendo el tendido eléctrico desde hacía meses, y el tipo jamás se enteró. Mucho el sur, mucho el sur, pero, trabado en esta adversidad,  no sabía qué bondi tomar para su tan  anhelada (¿por qué? misterio, misterio…) ciudad. Decí que el pendejo se avivó y vio que salían de Constitución bondis de reemplazo. El Roca se porta bien, hace lo que debe mientras vos pagues el boleto. Cuando vuelvan los trenes de ese recorrido (¿cómo que ya volvieron?) al carajo eso de andar imprimiendo papeles al pedo. La gente es ahorrativa en el transporte público: no desembolsa un mango para no imprimir ningún nuevo papel. Eso sí es querer salvar los bosques, eso si es tener conciencia verde.

 Se tomaron el colectivo, y llegaron a Quilmes a eso de las cinco de la tarde, horario en el que la gente empieza a moverse, a salir de la guarida, de la siesta, del trabajo, del limbo de la media tarde, para creer que vive la vida, para volver al hogar, para tomarse una fresca. Estaban en el centro de Quilmes, en esa plaza que no conozco y que no te puedo describir, pero que seguro tiene un kiosko, cerca de los juegos, de los bancos, en alguna parte. Mamerto y su sobrino fueron al kiosko, y Mamerto le pidió al pendejo que lo filmara mientras compraba. Tenía una idea genial. Las neuronas, durante la sinapsis, echaban chispas dentro de su cráneo, repartían información hasta por las dudas, concentradas en el plan perfecto; en la broma que , seguro-seguro, iba  a ser trenditopi, o hashtag.  

La filmación es pésima, y cualquiera de ustedes, esforzándose por vencer al  placer de la paja, la puede conseguir con una simple googleada. Ya habrá empezado a circular por Whatsapp, qué estoy diciendo. Puede que para el mes que viene sea trenditopi y de ella esté hablando Dross.

Se ve en el vídeo a Mamerto pidiéndole una cerveza al tipo que atiende al kiosko, un hombre pelado, con cara de fumar cigarrillos – porque a los pelados se les ve cuando fuman cigarrillos, más cuando lo hacen desde hace tiempo, no como esas pibas a las que no se les nota, que de repente las ves fumando y decís “ a la pipeta”, o “válgame dios”, la expresión de indignación/sorpresa ma grande do mundo- . Entonces está el pelado detrás de una fortaleza de chocolates y chupetines,  y Mamerto le pide una cerveza, a lo que el pelado le pregunta cuál. Mamerto mira a cámara con cara de estar a punto de tirarse un pedo atronador con muchísimo gusto, los ojos como que se le humedecen, vuelve a mirar al pelado, que mira a la cámara sin saber qué está pasando (el pulso del sobrino de Mamerto es una porquería, decí que enfoca bien a las personas, pero tanto sostener el joystick no le sirvió de una mierda. Seguro es un pibe gordo, tímido, al que le está saliendo el bigote y no sabe si afeitarse o no), el pelado mira al pendejo que filma como el orto, y Mamerto le responde, dando un giro brusco, poniéndose de espaldas a él,con las manos como esperando un regalo del cielo, largando la risa que tenía contenida  en la garganta:

-¡Una ídem!       

Las carcajadas de Mamerto suenan estruendosas. Tapan el desastre de ruidos que da peso al alborotado centro de Quilmes. Pero sólo él es el que ríe. El pelado le alcanza la cerveza, como perdonándole lo boludo, y se la cobra carísimo.


El resto del vídeo es una cagada a pedos al sobrino de Mamerto ( Que se llama Tobías, encima, cómo si fuera poco ya ser un tembleque de mierda, ¿no? Tobías. Algunos  nombres se prostituyen más que los travestis, dijo algún forro, prejucioso y esperemos que con SIDA, saliendo del cabaré), pero, en los últimos cinco segundos, podemos ver nuevamente a Mamerto, tratando de salvar la noche (se ve que estuvieron varias horas en el centro de Quilmes), invitando a los transeúntes a tomarse una homónima. Pobre hombre. 

lunes, 6 de julio de 2015

Mundo paralelo

   Una mujer con un bebé en brazos sube a un tren donde todos los asientos están ocupados. Dos hombres, bastante distanciados entre sí, se paran simultáneamente al verla, y la llaman, diciéndole "Señorita". Se miran fijo a los ojos, desafiantes, olvidándose por completo de la gran cantidad de gente que los separa.

   La mujer empieza a caminar, agradecida, hacia la izquierda, pero el hombre del lado derecho insiste en que ocupe el asiento que él le está ofreciendo. Ella voltea para darle las gracias, y otra persona, sentada en uno de los asientos, a mitad de camino, se para, la agarra del brazo y le dice que se ahorre una disputa sentándose en el lugar que está desocupando. Una voz de mujer le dice a esta última persona que pare, que esa no es forma de tratar a una madre.

   - ¡Pero ni se le ocurra!- grita  una mujer mayor, teñida y maquillada- ¡Ninguno de todos esos asientos es el reservado para las personas con movilidad reducida! ¡Este en el que estoy yo, sí lo es! ¡Venga acá de inmediato! Yo me bajo en la que viene para dejar asentado este altercado en el correspondiente libro de quejas...

   - ¡Estoy bien acá, señora!- responde a los gritos la madre, sentándose en el sexto asiento que le ofrecen,, al lado de una ventana abierta- ¡Ya no quiero moverme más, gracias!

Después de una reflexiva pausa, vuelve a hablar:

   - A parte, ¿qué cosa va a escribir en el libro de quejas? Acá todos nos estamos portando bien  ¿o no, gente?
 
   - Síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii- responden al unísono todos los pasajeros del vagón.

   La mujer que iba a dejar algo asentado en el libro de quejas grita, furiosa, y corre hacia la embarazada arremetiendo contra todo aquel que se interpone en su camino. Toma al bebé y lo arroja por la ventana.

   -¡Fin de la discusión!- dice.

   Se produce un silencio absoluto, de admiración, y todos empiezan a aplaudir. Incluida la madre del niño, que sonríe, como si no hubiese más remedio.

miércoles, 11 de marzo de 2015

HÉROE EN PESADILLA

Una tarde de verano, Sánz cortaba tranquilamente el pasto en la vereda de su casa. El calor resultaba tolerable para estar expuesto al sol, y por eso Sánz no andaba con apuro; disfrutaba de lo que estaba haciendo tanto como había disfrutado la siesta que se había echado bajo el aire acondicionado de su pieza,.  Pensaba en volver a tirarse un rato ahí y ver una película ni bien terminara con su labor, cuando de la casa vecina salió corriendo un animalito peludo, y detrás de él, una señora delgada y pequeña, consumida por el cigarrillo. La señora empezó a gritar, y como la bordeadora hacía mucho ruido, Sánz tardó bastante en darse cuenta de lo que estaba pasando. Cuando por fin oyó algo, apagó la bordeadora y se volteó.  Entonces vio  a su vecina, que llamaba con todo lo que tenía de voz a un tal Mandinga.  Sánz giró la cabeza hacia el otro lado y vio cómo el pequeño animal, peludo, retacón y de patas cortas, cruzaba  corriendo la  calle con una velocidad admirable para la estrechez de su paso. La  vieja se acercó demasiado a Sánz, y, para evitar entrar en contacto con ella, salió corriendo detrás del animal, dando todo por entendido.
   El sol le daba de lleno en la cara, y no podía ver muy bien. Distinguía apenas  lo que estaba persiguiendo: un  ser de color amarillo, que avanzaba, sin detenerse, hacia la Avenida Espora.   Al ver la dirección que tomaba el animal, Sánz se preocupó, y aceleró el paso. Por esa Avenida pasaban muchos autos,  que un perro o cualquier animal  intentara cruzarla era peligroso.
   Sánz siguió  acercándose cada vez más al ser peludo.  Casi que le pisaba los talones, cuando a Mandinga  se le dio por apretar el paso y doblar justo donde empezaba el empedrado, una cuadra antes de la avenida . Sánz lo tuvo cerca, y al verlo a tan poca distancia, notó algo raro. Como estaba apurado,  no pudo precisar bien qué.  Siguió  persiguiéndolo, atento a cada esquina.
   Un par de cuadras más adelante en el empedrado,  otra vieja flaca y llorosa le salió al paso. Se le cruzó en medio de la calle, y Sánz, dando  una exagerada pirueta y puteándola, pudo esquivarla.  La vieja no llegó a indignarse porque no lo escuchó. Gritaba: “¡Firulais, Firulais!” , tensando muy fuerte la garganta.  Era otro perro más que se escapaba, pero este era negro, y, al voltear la cara hacia el lado para el que gritaba la señora, Sánz vio cómo este nuevo animal  corría desaforadamente  detrás de  Mandinga .
   Sánz maldijo su suerte, apretó los dientes y volvió a correr. Sintió un fuerte ardor en el lado izquierdo del estómago, debajo de las costillas. En ese momento, como si se tratara de una  revelación,  supo qué era lo que no encajaba en toda la escena: Los perros no ladraban. Sólo corrían.  Los gritos desgarradores que soltaba la segunda vieja sonaban muy claros. Demasiado claros. Nada los interrumpía,  y  hasta parecían fusionarse con el incesante ruido de las chicharras. Intrigado por esto, Sánz frunció un poco el ceño y se  empeñó en alcanzarlos.
   El segundo perro, Firulais, había hecho que Mandinga, el culpable de todo ,  entrara en pánico y corriera más rápido. Sánz también tuvo que aumentar la velocidad, pero hace tiempo que no hacía este tipo de esfuerzos, y  empezó a sentirse algo mareado.  Ya no le importaba qué había sido de la bordeadora: debía alcanzar a esos perros,  para saber por qué no ladraban.  Con esta idea en la cabeza, se sintió un miserable condenado a todas las dificultades del mundo cuando los dos perros entraron en una casa sin rejas. Más fue su desesperación cuando, al llegar al frente de esa casa, vio a la puerta delantera abierta de par en par, y no a los perros, que ya habían entrado al living.
   A Sánz le dio un calambre en la pierna derecha,  por lo que entró rengueando a la casa. No pidió permiso, y pasó por la misma puerta por la que habían pasado los perros.  Cruzó un pasillo repleto de cuadros con fotos en las paredes, y sin saber bien cómo, terminó metido dentro de una cocina. Frente a él, una chica joven cortaba zanahorias y papas encima de la mesa. Sánz la miró a los ojos, y ella, como si lo esperara, le sostuvo la mirada. Cuando el intruso quiso pedir disculpas, la chica habló:
-         Se fueron por allá- dijo, señalando con el cuchillo una escalera que estaba detrás de Sánz.-  Apurate.
   Sánz asintió con la cabeza, algo confundido, volteó  y se echó a andar. Cuando cruzaba el lavatorio que precedía a la escalera, tropezó y se dio cuenta de que no había dado las gracias. Trastabilló un poco porque algo se le había enredado en el tobillo. Tan nervioso y apurado andaba, que en vez de quedarse quieto empezó a agitar la pierna como si esta fuera un pez  recién salido del agua.  Una caña de pescar se le había enganchado en el talón del pantalón , y se movía de un lado hacia otro, chocándose contra todo lo que había a su alrededor. Sánz siguió avanzando, enceguecido por la bronca y la torpeza . La caña de pescar lo acompañó, pero como la escalera era muy angosta,  se quedó trabada y terminó por quebrarse.
   Ya casi al final de la escalera, con los restos de la caña a mitad de los peldaños, Sánz pudo ver delante de él una puerta abierta por donde entraba toda la luz del sol.  Un olor a carne asada se le metió de sopetón en la nariz y le generó náuseas.  Llegó a una terraza, y se encontró con una mesa de plástico atiborrada de botellas , platos sucios, cuchillos, tenedores y pequeñas bandejas de ensalada. Un poco más adelante estaba la parrilla, pegada a la pared, con las brasas ya extintas en su interior, y, justo al lado de ella, un reducido grupo de hombres, todos asomados al patio trasero, agarrados a las barandas de la terraza.  El  del  medio  parecía estar hipando, mientras que los otros dos simplemente gruñían haciendo fuerza. Sánz miró en derredor y vio a su izquierda a tres hombres más, arrodillados en torno a algo.  No vio a ninguno de los dos bichos que hace rato venía persiguiendo.
   Tragó saliva. Tuvo ganas de sentarse a descansar aunque sea por un rato, pero esta idea se le fue al instante de la cabeza cuando el hombre que parecía estar hipando empezó a pedir ayuda.  Sánz miró a uno de los que estaban arrodillados, esperando a que este reaccionara, y lo echara a la mierda. El hombre encontró su mirada, y movió la cabeza hacia delante, pidiendo una explicación.
-         Necesita ayuda- dijo Sánz, señalando al tipo que  tenía casi medio cuerpo colgando por encima de las barandas, mientras pensaba que lo mejor sería empezar a retirarse.
-         ¡Y ayudalo!- le respondió el otro, y, para sorpresa de Sánz, desenfundó un cuchillo que llevaba colgando del cinturón.
   Sánz tardó un rato en reaccionar. Ya no sabía qué hacía ahí. Se acercó a los hombres de la baranda para  ver  en qué era en lo que les podía ayudar. Estos, entre  risas cansadas, y con un tono de voz no muy claro , le dijeron que ya estaba, que ya lo habían solucionado.
-         Mirá- le dijo después de señalarle el patio el hombre de la izquierda, que tenía la camisa desabotonaba  y dejaba al aire un matorral de pelos blancos que brotaba de su pecho
   En el mismo momento en el que Sánz se asomó para ver, se oyó el primer quejido. Cuando vio que el animal que había perseguido estaba atravesado por la parte filosa del pico que sostenía el hombre del medio, sintió un escalofrío. Giró la cabeza hacia atrás porque una botella se había caído al suelo, y vio cómo los otros tres hombres dejaban en medio de los platos y  las bandejas con ensaladas al cadáver negro de Firulais.
-         ¡Dos en una tarde!- comentó el que parecía menos tomado, pero no por eso más cuerdo- ¡Esto sí que es suerte!
 A Sánz se le cerró la garganta.
-         No sabés lo ricos que son estos cosos- le comentó el del pecho peludo- A la parrilla, con unas papas. ¡Páaah! ¡Manjar!
   El hombre del medio subió el pico bien afilado que había agarrado en el apuro siguiendo su instinto de cazador,  y lo mantuvo en alto durante algún rato, dejando medio colgado al pequeño animal amarillo que ya dejaba de moverse. Sánz  lo miró, y notó lo diminutos que eran sus ojos, lo grandes que eran sus orejas y lo desproporcional que resultaba la cabeza en relación al resto del cuerpo. Del hueco que le había hecho el pico en el medio de las costillas empezó a brotar una sangre espesa y negruzca, que cayó al piso de baldosas produciendo un húmedo chasquido.
-         ¡Nadia, traé una palangana!- gritó  el hombre del medio, y, algo molesto, empezó a acercase hacia la mesa.

   Sánz se quedó ahí, con un vaso de cerveza en la mano. Alguien se lo había convidado, pero no recordaba quién. Miraba a Firulais, echado sobre la mesa, muerto, y con ningún rasgo semejante al de un perro. Cuando Nadia, la chica que le había dicho que se apurara  pasó frente a él con lágrimas en los ojos  y una palangana celeste en la mano, Sánz no supo dónde ocultarse.