miércoles, 11 de marzo de 2015

HÉROE EN PESADILLA

Una tarde de verano, Sánz cortaba tranquilamente el pasto en la vereda de su casa. El calor resultaba tolerable para estar expuesto al sol, y por eso Sánz no andaba con apuro; disfrutaba de lo que estaba haciendo tanto como había disfrutado la siesta que se había echado bajo el aire acondicionado de su pieza,.  Pensaba en volver a tirarse un rato ahí y ver una película ni bien terminara con su labor, cuando de la casa vecina salió corriendo un animalito peludo, y detrás de él, una señora delgada y pequeña, consumida por el cigarrillo. La señora empezó a gritar, y como la bordeadora hacía mucho ruido, Sánz tardó bastante en darse cuenta de lo que estaba pasando. Cuando por fin oyó algo, apagó la bordeadora y se volteó.  Entonces vio  a su vecina, que llamaba con todo lo que tenía de voz a un tal Mandinga.  Sánz giró la cabeza hacia el otro lado y vio cómo el pequeño animal, peludo, retacón y de patas cortas, cruzaba  corriendo la  calle con una velocidad admirable para la estrechez de su paso. La  vieja se acercó demasiado a Sánz, y, para evitar entrar en contacto con ella, salió corriendo detrás del animal, dando todo por entendido.
   El sol le daba de lleno en la cara, y no podía ver muy bien. Distinguía apenas  lo que estaba persiguiendo: un  ser de color amarillo, que avanzaba, sin detenerse, hacia la Avenida Espora.   Al ver la dirección que tomaba el animal, Sánz se preocupó, y aceleró el paso. Por esa Avenida pasaban muchos autos,  que un perro o cualquier animal  intentara cruzarla era peligroso.
   Sánz siguió  acercándose cada vez más al ser peludo.  Casi que le pisaba los talones, cuando a Mandinga  se le dio por apretar el paso y doblar justo donde empezaba el empedrado, una cuadra antes de la avenida . Sánz lo tuvo cerca, y al verlo a tan poca distancia, notó algo raro. Como estaba apurado,  no pudo precisar bien qué.  Siguió  persiguiéndolo, atento a cada esquina.
   Un par de cuadras más adelante en el empedrado,  otra vieja flaca y llorosa le salió al paso. Se le cruzó en medio de la calle, y Sánz, dando  una exagerada pirueta y puteándola, pudo esquivarla.  La vieja no llegó a indignarse porque no lo escuchó. Gritaba: “¡Firulais, Firulais!” , tensando muy fuerte la garganta.  Era otro perro más que se escapaba, pero este era negro, y, al voltear la cara hacia el lado para el que gritaba la señora, Sánz vio cómo este nuevo animal  corría desaforadamente  detrás de  Mandinga .
   Sánz maldijo su suerte, apretó los dientes y volvió a correr. Sintió un fuerte ardor en el lado izquierdo del estómago, debajo de las costillas. En ese momento, como si se tratara de una  revelación,  supo qué era lo que no encajaba en toda la escena: Los perros no ladraban. Sólo corrían.  Los gritos desgarradores que soltaba la segunda vieja sonaban muy claros. Demasiado claros. Nada los interrumpía,  y  hasta parecían fusionarse con el incesante ruido de las chicharras. Intrigado por esto, Sánz frunció un poco el ceño y se  empeñó en alcanzarlos.
   El segundo perro, Firulais, había hecho que Mandinga, el culpable de todo ,  entrara en pánico y corriera más rápido. Sánz también tuvo que aumentar la velocidad, pero hace tiempo que no hacía este tipo de esfuerzos, y  empezó a sentirse algo mareado.  Ya no le importaba qué había sido de la bordeadora: debía alcanzar a esos perros,  para saber por qué no ladraban.  Con esta idea en la cabeza, se sintió un miserable condenado a todas las dificultades del mundo cuando los dos perros entraron en una casa sin rejas. Más fue su desesperación cuando, al llegar al frente de esa casa, vio a la puerta delantera abierta de par en par, y no a los perros, que ya habían entrado al living.
   A Sánz le dio un calambre en la pierna derecha,  por lo que entró rengueando a la casa. No pidió permiso, y pasó por la misma puerta por la que habían pasado los perros.  Cruzó un pasillo repleto de cuadros con fotos en las paredes, y sin saber bien cómo, terminó metido dentro de una cocina. Frente a él, una chica joven cortaba zanahorias y papas encima de la mesa. Sánz la miró a los ojos, y ella, como si lo esperara, le sostuvo la mirada. Cuando el intruso quiso pedir disculpas, la chica habló:
-         Se fueron por allá- dijo, señalando con el cuchillo una escalera que estaba detrás de Sánz.-  Apurate.
   Sánz asintió con la cabeza, algo confundido, volteó  y se echó a andar. Cuando cruzaba el lavatorio que precedía a la escalera, tropezó y se dio cuenta de que no había dado las gracias. Trastabilló un poco porque algo se le había enredado en el tobillo. Tan nervioso y apurado andaba, que en vez de quedarse quieto empezó a agitar la pierna como si esta fuera un pez  recién salido del agua.  Una caña de pescar se le había enganchado en el talón del pantalón , y se movía de un lado hacia otro, chocándose contra todo lo que había a su alrededor. Sánz siguió avanzando, enceguecido por la bronca y la torpeza . La caña de pescar lo acompañó, pero como la escalera era muy angosta,  se quedó trabada y terminó por quebrarse.
   Ya casi al final de la escalera, con los restos de la caña a mitad de los peldaños, Sánz pudo ver delante de él una puerta abierta por donde entraba toda la luz del sol.  Un olor a carne asada se le metió de sopetón en la nariz y le generó náuseas.  Llegó a una terraza, y se encontró con una mesa de plástico atiborrada de botellas , platos sucios, cuchillos, tenedores y pequeñas bandejas de ensalada. Un poco más adelante estaba la parrilla, pegada a la pared, con las brasas ya extintas en su interior, y, justo al lado de ella, un reducido grupo de hombres, todos asomados al patio trasero, agarrados a las barandas de la terraza.  El  del  medio  parecía estar hipando, mientras que los otros dos simplemente gruñían haciendo fuerza. Sánz miró en derredor y vio a su izquierda a tres hombres más, arrodillados en torno a algo.  No vio a ninguno de los dos bichos que hace rato venía persiguiendo.
   Tragó saliva. Tuvo ganas de sentarse a descansar aunque sea por un rato, pero esta idea se le fue al instante de la cabeza cuando el hombre que parecía estar hipando empezó a pedir ayuda.  Sánz miró a uno de los que estaban arrodillados, esperando a que este reaccionara, y lo echara a la mierda. El hombre encontró su mirada, y movió la cabeza hacia delante, pidiendo una explicación.
-         Necesita ayuda- dijo Sánz, señalando al tipo que  tenía casi medio cuerpo colgando por encima de las barandas, mientras pensaba que lo mejor sería empezar a retirarse.
-         ¡Y ayudalo!- le respondió el otro, y, para sorpresa de Sánz, desenfundó un cuchillo que llevaba colgando del cinturón.
   Sánz tardó un rato en reaccionar. Ya no sabía qué hacía ahí. Se acercó a los hombres de la baranda para  ver  en qué era en lo que les podía ayudar. Estos, entre  risas cansadas, y con un tono de voz no muy claro , le dijeron que ya estaba, que ya lo habían solucionado.
-         Mirá- le dijo después de señalarle el patio el hombre de la izquierda, que tenía la camisa desabotonaba  y dejaba al aire un matorral de pelos blancos que brotaba de su pecho
   En el mismo momento en el que Sánz se asomó para ver, se oyó el primer quejido. Cuando vio que el animal que había perseguido estaba atravesado por la parte filosa del pico que sostenía el hombre del medio, sintió un escalofrío. Giró la cabeza hacia atrás porque una botella se había caído al suelo, y vio cómo los otros tres hombres dejaban en medio de los platos y  las bandejas con ensaladas al cadáver negro de Firulais.
-         ¡Dos en una tarde!- comentó el que parecía menos tomado, pero no por eso más cuerdo- ¡Esto sí que es suerte!
 A Sánz se le cerró la garganta.
-         No sabés lo ricos que son estos cosos- le comentó el del pecho peludo- A la parrilla, con unas papas. ¡Páaah! ¡Manjar!
   El hombre del medio subió el pico bien afilado que había agarrado en el apuro siguiendo su instinto de cazador,  y lo mantuvo en alto durante algún rato, dejando medio colgado al pequeño animal amarillo que ya dejaba de moverse. Sánz  lo miró, y notó lo diminutos que eran sus ojos, lo grandes que eran sus orejas y lo desproporcional que resultaba la cabeza en relación al resto del cuerpo. Del hueco que le había hecho el pico en el medio de las costillas empezó a brotar una sangre espesa y negruzca, que cayó al piso de baldosas produciendo un húmedo chasquido.
-         ¡Nadia, traé una palangana!- gritó  el hombre del medio, y, algo molesto, empezó a acercase hacia la mesa.

   Sánz se quedó ahí, con un vaso de cerveza en la mano. Alguien se lo había convidado, pero no recordaba quién. Miraba a Firulais, echado sobre la mesa, muerto, y con ningún rasgo semejante al de un perro. Cuando Nadia, la chica que le había dicho que se apurara  pasó frente a él con lágrimas en los ojos  y una palangana celeste en la mano, Sánz no supo dónde ocultarse. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario