Se olvidó de grabar el disco con la película
para repartir en el curso. Así que todos lo miraron feo, y sus compañeros más
cercanos lo putearon amistosamente. Él se reía, otra no le quedaba. La
profesora que se lo había pedido también le dedicó un escrutinio reprobatorio.
Tenían que ver “La Ola ”,
una película alemana que trata sobre el desmadre que puede generar un grupo de
estudiantes aburridos influenciados por la explicación práctica de la
autocracia, de las mentiras absolutas que prometen pertenencia, y de cómo por
sí solo ese movimiento se desmiente, se derrumba.
Quiso calmar las aguas contándoles a todos la
trama, y los detalles de la misma, como qué tan pelado era el profesor y
cuántos alumnos con camisa blanca aparecían en la última escena, en la reunión
final. Pero se había olvidado del nombre de uno de los personajes. En el
intento de recuperar esta información, su cerebro empezó a estropear todas las
demás certezas de la memoria. Ya no sabía cuál de todas las llaves de su
llavero era la que tenía que meter en la cerradura de la puerta de adelante, ya
no sabía el saldo mínimo del pasaje de colectivo, ya no sabía quién era su
madre, y por poco se olvidaba de qué carajo hacía en ese lugar lleno de bancos
ocupados por personas que no querían saber lo que trataba de rescatar de su
laguna mental.
Un compañero, harto de verlo con la mirada
perdida en el piso de parquet, le pegó un golpe seco en la nuca, que lo dejó
nocaut, con la cabeza apoyada en la mesa y los brazos desparramados, pegados a
sus orejas. Entonces recordó todo: en la inconciencia supo que tenía la
película en el pendrive, y que probó en la netbook de un amigo a ver si
funcionaba, y que este amigo estaba en otro curso, y que este otro curso ya se
había retirado, y que el amigo no le había devuelto el pendrive. Se despertó
con un nuevo chichón, perdido en la misma situación que prometía más golpes.
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