jueves, 2 de junio de 2016

No salgo más con vos





Y entonces ¿qué? Salimos  a pasear, buenísimo, pero ¿ a dónde vamos? ¿Al cine?  Sos original, eh. Nos tomamos el tren y bajamos en Temperley. El de Adrogué es muy cheto, me decís. Queda a trasmano, y no tiene el alfombrado que el Hoyts del Coto de Temperley si tiene. No te digo que sos quisquilloso porque lo sabés, y porque hasta esa palabra te hace ruido. “¿quis-quis-qué?” decís, y en seguida lo arreglás: “Hincha pelotas, mejor, qué es esa expresión de mierda, hermano”.
Te acompaño porque pagás vos la entrada, si no, ni en pedo. Morite solo en la sala. Como decís que estamos al pedo (sic), se te ocurre ir caminando. Que tenemos que movernos, tirás, que el bondi está caro, y que serán, como mucho, siete cuadras. Que nadie se muere por caminar   siete cuadras. No te digo que la gente que gasta seis pesos tampoco se muere, porque me vas a salir con que si bien no la palmás, terminás amargado, y vivir amargado es una mierda. Seguro que después rematás con el “vivir ya de por sí es una mierda” entrando en una contradicción que ojalá nunca te corrija nadie, así me puedo burlar de vos mientras todos los giles asienten, porque es una verdad innegable, me vas a decir que no. Cuando no hay ganas de intentar algo nuevo, se asiente. Y sí, es un vicio de la especie, qué sé yo.

No conté las cuadras, te puteé en silencio. Si, Temperley es lindo, pero Adrogué lo es más. Esto lo decís sólo, no sé para qué. Yo no me voy a enojar porque estamos a media cuadra y porque me entretengo bastante respondiendo mensajes por Whatsapp. Yo estoy en la movida, vos no. Por eso tus monólogos. Si tuvieras quien chamuyarte sería otra cosa.

Pero de repente te quedás callado, boquiabierto. Ponés cara de pelotudo, o de perro en bote, como te gusta decir. Temo que estés atravesando un ACV, y yo no sé primeros auxilios. Pero parpadeás ¿vale parpadear si se te está cagando el cerebro? Algo en mí dice que no, algo fuera de mí dice qué te pasa (Si llegás a leer esto, no me hagas bullying poético, te lo pido por favor). Me apuntás con el dedo la entrada al Coto, sigo con la mirada y veo a un vigilante, gordito, con una camisa color  mostaza, hablando con un bombero. Como vivo en una nube de pedos, después me percato del enorme autobomba estacionado en la esquina. Vamos a ver qué pasa, te digo, y asentís. Por primera vez en la vida me hacés que sí con la cabeza, y es casi un triunfo.

Buenas tardes, digo para dar cuenta de mi presencia. No vas a poder entrar, bate al toque el vigilante.  Por, pregunto. Porque se bugueó el Coto, contesta el Bombero, puto y basurero. ¿Lo qué?, le digo. Que se bugueó el Coto, repite el vigilante.Vos no entendés nada. Cómo que se “bugueó”, preguntás. Mirá para adentro, te dice el vigilante.

Miramos los dos juntos.

La escalera mecánica está repleta de gente a la que le falta la mitad del cuerpo. Las paredes, de color fucsia, con bultos deformes saliendo de ellas, suspendidos en el aire, con la cara de una mujer desconocida, pero bonita, eso sí. Todo quieto,  y ruidoso. La música de ambiente se fue al carajo, suena a Skrillex, pero peor, o tal vez mejor, no nos ponemos de acuerdo.  Un hombre flaco y alto, piel color ceniza y pelo celeste, se mueve entre ellos con una pistola amarilla en la mano izquierda, mientras que con la mano que le queda libre, empuja a un pibe pálido, con un corte de pelo imposible, que no tendrá más de quince años, gritándole cosas que no llegamos a escuchar porque el ruido  distorsionado de los parlantes es mucho más fuerte.

Esos dos lo están arreglando,  informa el vigilante, que no debe extrañar para nada estar ahí adentro, embolsando las mochilas de los que quieren entrar al supermercado que está en la planta baja.  Cómo lo arreglan, preguntás porque decidiste que debías ser curioso siempre, y porque este es un pescado muy gordo como para dejarlo ir. Y…, te dice el vigilante, dándote a entender que es complicado explicarlo: Hay que hacer un viaje en el tiempo, porque la gente se queda clavada en una hora durante un lapso indeterminado de tiempo, como que se congela, y si los “descongelás” a las nueve de la noche y se quedaron duros a eso de la una, les armás flor de quilombo. El tipo ese que está ahí, que es medio raro, Ricardo, ahora está metiendo a todos en el mismo viaje, después se los lleva a todos al pasado, o a otro arco temporal, no sé muy bien dónde, y ahí los descongela y todos vuelven a lo suyo.
Nos quedamos callados, tratando de comprender.  ¿Al cine no podemos pasar?, preguntás. Te estoy diciendo que se bugueó el Coto, flaco, ¿qué parte no entendés?, te dice el vigilante, al que le deben doler las piernas, o el orto, si no, no se entiende la mala leche. Si quieren ver una película sin contratiempos, vayan al Bulevard de Adrogué, nos dice el Bombero. Allá también tienen hoy dos por uno, agrega.
Y volvemos a la estación, ir hasta Adrogué en el tren es un viajecín, y la nueva de los X-men no puede hacerse esperar. Vos calladito la boca, yo publicando esto en Facebook. Algo me dice que te re cabió


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