viernes, 26 de septiembre de 2014

El chiste fácil


   El chiste fácil es horrible. Más todavía si es dicho en voz alta, y con intenciones de socializar empleando un poquito de humor. Todo el mundo ya se sabe el remate, y, lamentablemente, vivimos en tiempos donde la gente lo único que exige son novedades permanentes, no viejos conocidos del buen humor, de la risa, de los labios tensos y alegres. Cualquier hijo de vecino conoce a otro hijo de vecino que jode todo el tiempo con la muletilla de preguntar a dónde va uno para ordenarle que le lleve la poronga, o, en los casos más alarmantes y molestos, que vive tocándose la verga como respuesta a cualquier comentario: “¿Cómo estás, chabón?” dice uno, en automático, y el otro se agarra el paquete, y uno puede llegar a pensar, tiempo después del acontecimiento, que el otro quiere decir que se siente re poronga (aunque se sospeche que entre sus manos no hay nada de “re”)  o que le va como la chota, expresión del lenguaje  bastante renga y poco gustosa (¡JÁ!) para comunicar un padecimiento.

   Igual, por más que sea horrible, uno no puede escapar a él. El chiste fácil nos persigue hasta la muerte, gente. A  todos los hispanohablantes, que conocemos los días de la semana, el chiste fácil de que el miércoles es, precisamente, un día de miércoles, nos va a seguir el rastro y pisar los talones hasta que nuestros corazones dejen de bombear sangre o hasta que el acelerador del coche que viene despacito y nos da tiempo para cruzar por la mitad de la calle como unos peatones atentos y alucinantes, se quede trabado y el freno no responda. Sí, hasta que nuestro cuerpo se apague y sea llanto de los queridos, alimento de gusanos o desperdicio en el océano, vamos  a saber que el miércoles fue, es y será un día de mierda.

   Y nada es más cercano a la realidad. Parece que el tercer día de la semana es aquel en el que cada cerebro de cada habitante de esta parte del mundo (por la que me muevo yo, por la que te movés vos, por la que se mueven a tu hermana) empieza a funcionar en base a las conexiones logradas por las neuronas más negras y malhumoradas del  cuerpo todo, y así se dan las discusiones, las miradas cruzadas, las forradas voluntarias y los aplastamientos, ya sea mental o físicamente, de personas sobre personas. Cualquier razón es provechosa para generar una discusión en la cual lo único que importa es generar un malestar y denigrar al otro. Y pobre de quién viaja en hora pico: expresión máxima de esta idea, de este mal, de este hecho.  

   El que viaja en hora pico sabe en algo la pifió. Que se levantó más tarde, que se tomó mucho tiempo antes de  salir de la casa, que perdió un colectivo,  y varias variantes más fruto del imbatible efecto mariposa. Entonces ahí, en medio del seguimiento de ese encadenamiento de causas y consecuencias, ya empieza el problema: el echarse la culpa.

   Cuando uno se echa la culpa, y está metido en una situación así de desfavorable para el ánimo , es muy raro que en primera instancia acepte su equivocación y tolere las consecuencias sin recontra putearse por dentro.  En segunda instancia lo hace, pero no del todo, porque empieza a sufrir por su desacierto, y eso le hace recordar que de no haberse quedado quince minutos más en la cama no estaría sumergido en ese baño de humanidad y mal aliento que es un vagón de tren en hora pico.  Así que así se mueve: hecho una porquería que se odia y que odia al resto que lo rodea por parecérsele tanto, aunque esto último también es difícil que lo admita: todos los demás son forros que no sabe bien de dónde salieron y que lo único que hacen es incomodar más el ambiente con sus ceños fruncidos, sus oídos ocupados y sus cuerpos en peso muerto que se dejan empujar por otros desesperados hijos de puta que no quieren esperar al próximo tren y que no saben que falta el oxígeno.

   Que no saben que a uno de tanto aguantar la presión ajena no le dan las piernas, no le dan las ganas, no le da el corazón, y varias boludeces así que lo distraen del codazo que le está hundiendo en la espalda a la señora que tiene al lado y que no puede voltear para quejarse, para decirle que es un boludo que con su codo flaco y puntiagudo la distrae de la pantalla de su celular en la que se ve una conversación abierta y mal escrita con algún que otro pariente que también madrugó, al cual le avisa que los trenes anda para el culo, bromeando que es miércoles empezó siendo un día de miércoles y cosas así.

    A veces esta señora con el codo hundido en el medio de la espalda, no está absorta en el mundo virtual y empieza a decir las cosas en voz alta, porque alguna que otra cosa podrida ya tenía adentro, y esto de andar bancándose el peso de tantos giles mugrientos (palabras sacadas del presunto pensamiento de la señora, claro está)  le saca de quicio. Empieza a gritar, no a decir, que cómo la gente que intenta subir no se da cuenta de que ya no entra más nadie, que falta el aire, que abran las ventanas, que así no se puede viajar, que es una falta de respeto y bla, bla, bla. Las personas que están alrededor de ella, empiezan a buscarla con la mirada, moviéndose apenas lo poco que sus cuerpos rodeados de otros cuerpos los dejan moverse, porque la señora que empieza a gritar lo que (no) piensa es siempre bajita y se pierde entre hombros, entre cabezas y espaldas, y tal vez le grita al mentón de un flaco con auriculares que siente el aliento pero ni se inmuta porque es su cabeza retumban los decibeles; la buscan y no la encuentran, ven que la parte más próxima de la que parece venir el sonido es de los auriculares del flaco, pero apenas se dan cuenta, o a penas creen en eso, están muy dormidos, muy molestos.


   Pero uno de los pasajeros le responde a la señora, le dice que se calle, y la señora se envalentona, retruca pidiendo otro cese de comentarios y ahí nomás esgrime que la culpa la tiene Randazzo, que el asunto hay que hacérselo notar a la presidenta . El pasajero que habló le dice que si el asunto no le gusta, que deje de votarla, y la mayoría de los pasajeros ríen, porque creen que con eso le van a tapar la boca a la señora que no se ve y que grita, que le responde al muchacho que se quede tranquilo , porque ella no la votó, y les dice a los demás (manga de irrespetuosos) que no se rían, que reírse así explica lo mal que anda el país, y los demás pasajeros, que estuvieron todo el tiempo anterior a esta discusión huyendo de la mirada de quien tenían al lado, enfrente, en diagonal, empiezan a mirarse a las caras, y a sonreírse, para ellos eso es un scketch, siempre ver enojado a los demás resulta gracioso cuando sabemos que todos tenemos la culpa y que no hay solución, o que, simplemente, el problema fue que un maquinista se quedó igual de dormidos que nosotros, desayunó tranquilo como nosotros y llegó tarde al trabajo porque tuvo que ir a cargarle nafta al auto.

   La culpa es nuestra, y de nadie más, de que los miércoles sean un día de mierda, y de que los chistes fáciles estén tan quemados, violados, ultrajados y gastados.  



*En realidad, el texto es aplicable a cualquier día de la semana, menos el viernes. El vierne s le parece piola a todo el mundo.

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